Tito era un joven muy trabajador. Su jornada laboral empezaba muy temprano, a veces incluso antes de que el sol saliese. Él era el encargado de mantener y llevar adelante el negocio familiar heredado de su abuelo: la vieja panadería del barrio.
Su abuelo, Pepe, era un anarquista español que llegó al país en los inicios de la cuarta década del siglo XX. Era muy querido por todos, y conocido por su humor negro y ácido. Solía explicarle a quien quisiera escuchar que sufría de una extraña diarrea celestial, de ahí que su frase preferida era “me cago en dios”. Tal es así, que su lápida reza la siguiente frase: AQUÍ DESCANSAN LOS RESTOS DEL QUERIDO PEPE, QUE DE TANTO CAGARSE EN DIOS, ASI HA QUEDADO.
Su nieto, Tito, el protagonista de la historia que aquí he de relatarles, se hizo cargo de la panadería ni bien su abuelo hubo fallecido. Su padre lo había abandonado de pequeño al irse a vivir con una familia paralela que había mantenido durante años en secreto, dejándolo al bueno de Tito solo (era hijo único) con su madre, que desde ese momento cayó en una gran depresión y raro era escucharla siquiera hablar. Pasaba sus días sentada, con la mirada perdida en el infinito, como carcomida en lo más profundo de su alma por pensamientos torturadores que poco a poco le iban quitando la vida.
Pero esto no detenía a Tito, que tenía la fuerza de un titán para enfrentarse a los duros golpes que la vida le había dado. Era dueño de un optimismo envidiable, y un buen humor que rara vez perdía. Formaba parte de un gran grupo de amigos, todos muchachos del barrio, que lo respetaban muchísimo. Pero el resto de los vecinos también le tenían gran aprecio, a punto tal que varias señoras le regalaban vinos y comidas en las épocas navideñas.
Así las cosas, no todo en la vida de Tito era su trabajo. Los domingos a la tarde sólo se lo podía hallar en la popular del club de sus amores, a donde no había faltado desde vaya uno a saber cuándo.
Pero el hecho puntual y trascendente para esta historia, es que estaba completamente enamorado de su vecina, la Susana. Susy era una joven hermosa, una rubia de ojos verdes, de tez blanquísima, estatura mediana y un bellísimo cuerpo.
Todos los días nuestro panadero la veía en el negocio, siempre alrededor de las once de la mañana. Minutos antes de su llegada, Tito se arreglaba el peinado, se lavaba la cara y se ponía perfume si la situación así lo requería.
Hacía años que sentía un profundo amor por ella, quizás desde los tiempos escolares, en donde las hormonas gobernaban dictatorialmente cuerpo y alma. Pero nunca, y cuando digo nunca es nunca, se había atrevido a confesarle sus sentimientos.
Para él era una princesa, de hecho era hija de un pequeño empresario, al que por cierto le había ido bastante bien, tanto es así que cuando la joven cumplió los 18 años de edad recibió como regalo paterno una modesta pero elegante casa, a solo unas cuantas cuadras de la panadería de Tito.
Éste se sentía algo inhibido por la situación, ya que se consideraba un pobre diablo más digno de prostíbulos de mala muerte que caballero para tan delicada dama. Quizás aquí se encontraba la razón de su exigencia para con el trabajo, ya que solía decirle a su mejor amigo, el gordo Beto, que algún día lograría conquistar a su princesa y la llevaría a vivir a un hermoso palacio, en las afueras de la ciudad. El gordo, que era bueno pero muy poco romántico, solía responderle con una carcajada y un lapidario “sos un pelotudo”.
Todo esto formaba parte de la rutina diaria de Tito. Madrugaba, trabajaba, esperaba a su amor que siempre lo saludaba con una simpática sonrisa en su impoluto rostro, y la vida seguía su curso.
Esto fue así por largo tiempo, hasta que un buen día nuestro amigo decidió tomar coraje y confesarle abiertamente a la muchacha lo que venía sintiendo de larga data. Vale aclarar que esta decisión fue en parte gracias al gordo Beto, que lo convenció para que de una buena vez por todas terminara con este asunto, no se sabe si por el bien de su amigo o por lo agotada que se encontraba su paciencia a esa altura del partido.
La cuestión es que un hermoso día soleado, con los primeros florecimientos primaverales cubriendo los jardines de aquel barrio, Tito consideró que era la ocasión perfecta para materializar lo que durante tanto tiempo estuvo esperando. Ese día su aspecto se presentaba particularmente prolijo, y sólo quitaba la vista del reloj cuando algún cliente ingresaba a la panadería.
Como todos los días, pasadas ya las once de la mañana, la vio entrar al local La notó mucho más hermosa que nunca, sus claros ojos relucían como oro, su cabello parecía una extensión de los rayos solares, y su sonrisa habitual le hacía sentir que la vida era maravillosa.
Así fue que, entre tartamudeos, frases sin terminar y una introducción un poco extensa, por fin Tito le dijo a Susy lo que su corazón dictaba. Hubo un pequeño silencio, que el joven lo sintió como si hubiera sido un siglo viviendo desnudo en el polo norte, hasta que la muchacha le contestó, con una sonrisa tímida y sus mejillas ruborizadas, que se sentía halagada, que le parecía una persona muy tierna y con un gran corazón, pero que la relación no iba a ser posible porque ella ya tenía un novio.
Si los pocos segundos que duró el silencio provocaron en Tito aquella sensación, la respuesta fue como una lluvia de meteoritos cayéndoles con toda la fuerza del universo sobre su cabeza, por lo que sólo atinó a preguntar quién era el afortunado. Aunque claro, con otras palabras.
-Raúl, el de la otra cuadra- contestó Susy- Perdón.
Y ahí fue el acabose, la rubia se fue y Tito se quedó repitiendo mentalmente ese nombre.
Porque, les cuento, Raúl fue toda la vida una especie de rival de Tito. Un soberbio, maleducado, egoísta, pero excelente jugador de rugby y dueño de una inmensa masa de músculos. En los días de escuela solía ensañarse con el pobre Tito, al que siempre molestaba y golpeaba, de ahí que fuera ésta la persona más detestada por el joven panadero.
Y creo yo que ese fue el día dónde comenzó la tragedia. Tito dejó de ser el mismo, ya no portaba su imborrable sonrisa y solía atender de muy mal humor. Además, comenzó a tomar alcohol como nunca antes, incluso en horario laboral, lo que le trajo no menos de un centenar de problemas. No sólo eso, también sus sentimientos cambiaron, pasando del amor al resentimiento y luego al odio para con la blonda muchacha. Haberse involucrado con ese sujeto, era, para él, similar a una traición.
Para colmo, Susy había dejado de ir a comprarle, y en su lugar iba Raúl, que desde hacía un tiempo se había instalado en la casa de la joven, y siempre tenía algún comentario para alardear de su logro amoroso, siempre en un tono de voz bastante audible, como para que Tito y cualquiera que se encontrara ahí pudiera escucharlo.
Una mala noche, y luego de haberse tomado casi dos botellas de vino, Tito sentía que ya no tenía nada más que perder y que debía reclamar lo que él consideraba que le pertenecía (aunque es difícil saber en que se basaba para afirmar esto). Y así fue que se encaminó calle abajo, rebotando de cordón en cordón, rumbo a la casa de Susy.
“Ya van a ver esos dos”, “Me las van a pagar una por una”, “¡Hic!”, eran las frases que iba modulando a duras penas mientras llegaba a destino.
Caminó unas cuantas cuadras, se paró frente a una puerta grande de madera, y comenzó a golpear al grito de: “¡Dale, Raúl, cagón, salí y vamos a ver quien de los dos es macho para esa hembra!”. A pesar de sus gritos, no obtuvo respuesta alguna.
“¿Qué pasa?, ¿Me tenés miedo?”, continuó. La puerta seguía sin abrirse, pero se levantó la persiana de la ventana de junto, y apareció una señora de unos 70 años, bastante asustada y con la voz medio quebrada, que le dijo que la casa de Susy era la de al lado, y rápidamente cerró y se perdió de la vista de Tito.
Entonces se dirigió a la siguiente casa, la cual tenía el ventanal del comedor abierto y por la cual se veía a los dos sujetos en cuestión. Tito se detuvo detrás de un árbol y escuchó con atención, ya que la pareja se encontraba manteniendo una discusión. Al parecer no era nada grave, pero ninguno de los dos dio el brazo a torcer y parecían muy ofendidos. Raúl se sentó en el sillón y prendió el televisor, mientras Susy, sentada en la otra punta del mismo y con el ceño fruncido, miraba al piso y masticaba su bronca.
Ante esta situación, Tito, que ya se daba por perdido, se presentó en la escena, riendo, con altos niveles etílicos en su sangre y, ante la mirada atónita de la joven pareja, comenzó a cantar:
“Burguesita, burguesita, qué amargada se te ve… Tu novio mira Tinelli, ¡Esta noche no cogés!”
Esto, por supuesto, enfureció al grandote, que se aproximaba al encuentro del caído en desgracia, mientras Susy trataba de calmarlo diciéndole que lo perdone, que sólo era una borrachera, pero que en el fondo era un buen muchacho. Hubo entonces otra pequeña discusión, mientras Tito seguía su concierto, entre risas y blasfemias, despertando a todo el barrio que espiaba desde sus ventanas.
“¡Se siente, se siente, tu novio es impotente!”, continuaba el repertorio de Tito.
Esto sobrepasó la paciencia de Raúl, que se dirigió a su encuentro como una locomotora fuera de control, pero antes de llegar se apersonó un patrullero, del cual bajaron un par de policías, que tomaron al ebrio muchacho por el brazo y lo cargaron al móvil.
De esta manera terminaron los desdichados días de Tito. Se había metido con las personas equivocadas. Raúl era hijo de un senador, y no soportó que un pobre infeliz haya calumniado de esa manera su buen nombre, haciendo un escándalo frente a todo el barrio.
Tito fue sometido a una clase de leyes en la comisaría, dictada por los mismos policías, que lo apalearon hasta que su cuerpo quedó completamente inerte.
Y así, el bien, la decencia, la moral y las buenas costumbres, triunfaron nuevamente.
